Dolores
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Nací en 1976 y lo primero que observaron mis padres fue que repetía sílabas cuando hablaba. Quizá desde entonces ya las letras me gustaron tanto que las repasaba lentamente para reconocer su forma, su peso y sabor. No hablo bien. Tartamuda. Entendí pronto que la única manera de comunicarme sería a través de lo que nace en forma de escritura. El mundo de los de lengua ágil quedaba lejos y de las letras y entre el tomo abierto de El Principito y Platero y yo saltaron las imágenes que una a una se enciman hoy para contar mi historia. “¿Irás a ser muda que Dios te dio esos ojos?” sentenció para mí Nicanor Parra. Soy Dolores Garnica y nací en Guadalajara.
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A los siete años encontré un pato blanquísimo de pico amarillo intenso, era la mascota del vecino y mugroso taller mecánico: lo extraordinario se encuentra en todos lados, sólo hay que saber observar; desde que cumplí los cinco años papá dejaba sobre mi almohada dibujos de animales y caricaturas que creaba sonriendo: la obra de arte es una idea; a los 16 subía las escaleras de un viejo motel y crucé miradas con una pareja de payasos que iban tomados de la mano: la complicidad une cabos y nos hace vulnerables; a los 19 leí “Piedra de Sol” en pijama y aún suspiro; a los 24 orinaba y gracias a la luz que entraba al baño iluminándolo de azul, decidí divorciarme y encontrar otro trabajo que no fuera de profesora de literatura; a los 27 encontré el periodismo: la exacta línea donde se unen el rigor y la literatura; a los 29 lloré junto a un japonés observando la Capilla Sixtina y a los 30 Marcel Duchamp me convenció: el arte no es una cuestión visual, sucede cuando explota en el cerebro; a los 31 acepté la columna de arte que me ofrecieron diez años antes de lo planeado; a los 32 preparo mi primer libro de ensayos sobre lo urbano: un vistazo a mis paseos. Hoy, seis semanas antes de mis 33, observo como free lance los árboles frente a la ventana de mi departamento y el hombre más bonito del mundo, Gregory, me acaba de romper el corazón.
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No cocino. Detesto el aguacate. Nunca he leído Ulises y la canción más escuchada en mi IPod es El Destacamento de El Columpio Asesino. No hay nada más difícil que creerme escritor. Fumo una cajetilla de Delicados al día, sufro de neurodermatitis crónica, no como carne roja. El derrumbe de Calasso es apuesta primordial: es vida. Creo que no sé cómo querer. Terminé de releer de Walter Benjamin. No me canso de mirar “Großstadt” (“La gran ciudad”) de Otto Dix. Tengo que convencer a mis fracasos, todas las mañanas, de intercambiarles letras por alivio, pero casi nunca resulta. Escribo para sobrevivir incluso físicamente, es el contrato diario y sin escritura no como. Me excita el olor de las axilas. No hay nada más esperanzador que una banqueta fracturada por las raíces de un árbol. Compro suéteres. Resisto en la palabra para que otros resistan, teclear es mi canto en medio de la guerra. Hace poco me dejaron por una chica de 19 años. Necesito de la crónica para narrar lo que veo, quisiera contar una historia verdadera. Dirijo al poeta cansado a un bar todos los fines de semana, hago que pida cuatro ginebras, le dicto que suelte su mirada triste, que se acaricie la barba con la punta de los dedos y acomodo su cabello sobre su oreja: arde todo cuando él respira. Piensa en mí y me cobija a escasos 20 kilómetros de la computadora donde me invento la escena, real ahora porque ya está escrita. Conozco a otros cuatro tartamudos. Quisiera saber de tangos. Lloro cuando ella baja las escaleras para comprar sopa en Wong Kar-wai. Hace un año entrevisté a Lobo Antunes y sospecho que sabía lo que quería escuchar: “Señorita. Escribir es fácil, la verdadera escritura reside en la corrección”, así que no sé si esta cita permanezca en esta página. Escribo ordenando el mundo igual que como acomodo las hojas, las carpetas, la botella de agua, la pluma, el lápiz y el cenicero en el escritorio, en estricto orden excepto por eso que casi nunca me gusta y que escurre en la pantalla al golpear entre “a”, “shift” y la barra espaciadora. Redactar “redactum”: “poner en orden” del latín. Cuando leo sé en qué cajón va cada cosa incluyendo esta pulsión por cortarme los dedos al observar una falta de ortografía, pero es que tengo sólo media lengua. Nunca he podido escribir bien la palabra “hierba” [show less]

